Infantilismo social

Por: Jaime Toussaint Elosúa
jaime.toussaint@hotmail.com

Confundir un síntoma con la enfermedad puede ser mortal, tanto para una persona como para una sociedad doliente. Sentirse ajeno a la cura o solución de nuestros males, puede ser peor que la propia enfermedad.
Todos los días consumimos cantidades navegables de café, cerveza o vino mientras buscamos culpables a nuestros dolores sociales. Las mesas se vuelven quirófanos intelectuales, donde diseccionamos y diagnosticamos a personas, hechos e ideas.

Ser analista de café o de copa no es cosa fácil, pues además de tomar la bebida precisa y leer la publicación obligada (BCM), se deben seguir ciertas reglas de oro.

La primer regla es hablar desde una posición superior y ajena al problema, expresándose en tercera persona y hablando de “los políticos, los partidos, los policías, los empresarios” o bien, nos referimos a la comunidad de la manera más impersonal posible: “la gente”. Precisamos definir claramente lo que “deben” hacer.

Así, entre sorbo y sorbo, discurrimos sobre la corrupción rampante o el complot evidente, siempre esperando algo de los demás y culpando al mundo de nuestros males. Somos víctimas natas y es ahí donde forjamos la segunda regla dorada la culpa y la solución debe estar siempre en otra persona.

Estas dos reglas no fallan. Los comensales, unos con la camisa manchada y otros con taquicardia, arremeten contra “la situación” como niños en periquera, de los que cuando tiran algo dicen se cayó o se rompió, seguido de un lloriqueo esperando que “alguien” repare lo que “pasó”.

Sin duda, vivimos un fuerte y virulento infantilismo social.

¿Por qué somos así? Sin ser sociólogo me atrevo a proponer mi teoría y solución (doy un sorbo a mi café). La premisa de partida es que, como sociedad, premiamos solamente el resultado y damos doble puntaje al que menos esfuerzo invierte. De ahí podemos definirnos como una comunidad “ahorradora de energía”, floja, bolsona o prángana.

¿Cómo funciona esta sociedad prángana?, muy fácil, descalificamos todo aquello que nos saca de la “dulce comodidad de la mediocridad” o bien, que nos provoca esforzarnos, pensar o discutir con fundamento. Nuestros diagnósticos son siempre los mismos: el guapo es joto, el rico es rata, la chava con el galanazo es pulga, el del carro deportivo es pendejo, el fortachón es marica, la ejecutiva es marimacha, el muy trabajador es desobligado con su familia, el político sólo busca lana, la del cuerpazo está operada, el que hace labor social sólo quiere salir en el periódico, el esposo de la rica es interesado, el artista es maricón o mariguano o ambas, el que estudia pierde su tiempo, el que saca buenas calificaciones no disfruta la vida, y así podría seguir recitando clichés que, a manera de almohadones, acomodan la postura de quienes no quieren crecer y prefieren cortar las piernas de todos los demás, para estar parejos.

Esa “pranganez social” nos lleva a dar más crédito al descrédito, es decir, a creer todo aquello que reduzca méritos de quien nos resulta incómodo. Preferimos romper la báscula o el espejo.

¿Qué soluciones o propuestas podemos esperar? las típicas que los ricos paguen más impuestos (siempre hay alguien más rico que uno), que los políticos no roben y devuelvan la lana (esos extraterrestres que se apoderaron de todo), que los policías sean honestos y maten a todos los malos aunque se equivoquen de repente (nosotros somos inconfundiblemente buenos y honestos), rematando siempre con la pregunta es que… ¿nosotros qué podemos hacer?.

¿Cómo cambiar? Lo que nos toca hacer como sociedad es sencillo y complejo a la vez. Estoy convencido de lo que tenemos que hacer es lo correcto. Así de fácil. Así de difícil.

Simplemente si al decidir diariamente nos preguntamos ¿qué es lo correcto?, terminaríamos pidiendo factura, pagando impuestos, participando en la colonia, votando o siendo candidato, miembros de un partido político, conociendo y exigiendo a nuestros gobernantes, denunciando anónimamente, no comprando piratería, participando en marchas, siendo voluntario en causas sociales, reciclando, haciendo cola y respetando el turno de quienes llegaron primero, haciendo alto en los semáforos, dando el paso a los peatones, conduciendo con cortesía, haciendo los trámites aunque tome más tiempo que dar un “moche”, poniéndonos de pie al escuchar nuestro himno, rechazando la compañía y beneficios de aquellos amigos que se hicieron ricos ilegítimamente, leyendo para opinar, callando para aprender y haciendo para mejorar.

Hagamos lo correcto sin importar lo que los demás hagan. Nosotros somos “los demás” para otras personas. Reconozcamos que tenemos lo que merecemos y seamos protagonistas de la solución. Así México cambia por que cambia.

Arte, BCM, BCM 47