El morbo literario y los limites del amor
Por: Héctor Maza
hmaza@yahoo.com
El sacerdote Vsevolod Chaplin, quien dirige el departamento de Relaciones Públicas del Patriarcado de Moscú de la Iglesia ortodoxa rusa, llamó la atención del mundo el miércoles 28 de septiembre cuando pidió investigar y prohibir las novelas de Gabriel García Márquez y Vladimir Nabokov porque, según él, “justifican la pedofilia”.
El arcipreste se refiere básicamente a las novelas “Cien años de soledad”, de García Márquez, y “Lolita”, de su coterráneo, obras que, en su opinión, no deberían ser incluidas en los programas académicos de las escuelas secundarias porque dan un revestimiento romántico “a pasiones pervertidas que hacen infeliz a la gente”.
El reclamo puede representar un intento de esa congregación por imponer normas religiosas en un país que durante un largo tiempo proscribió la religión.
Nabokov salió de Rusia poco después de la Revolución bolchevique de 1917 y publicó “Lolita” en inglés en 1955. Más de diez años después, en 1967, tradujo la obra al ruso, pero fue prohibida como “pornografía” en la Unión Soviética, junto con el resto de sus escritos.
Caso contrario fue el de “Cien años de soledad”, que gozó de libre circulación durante la era soviética, pese a sus referencias a situaciones de incesto y relaciones sexuales con menores.
En García Márquez, algunos motivos literarios se repiten en diferentes obras y ya se prefiguran las subtramas de “Cien años…”, desde “La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada”, la cual trae a colación el tema de la prostitución de menores. Y, muchos años después el Nóbel de 1982 aborda, en “Memorias de mis putas tristes”, el tema de un nonagenario periodista que decide celebrar su aniversario con una niña de 14 años.
El amor entre un adulto y una menor de edad ha tentado la pluma de no pocos escritores, pero sus tratamientos no parecen estar emparentados por este tema que comparten; las novelas de “Lolitas” no conforman un género como tal, sus raíces tienen que ver con la tierra de diferentes labranzas.
En la literatura latinoamericana, no pueden omitirse títulos como “Pasado amor”, novela de Horacio Quiroga publicada en 1929, mitad ficción, mitad relato autobiográfico, en donde el uruguayo vuelca su filia por la selva para contar la historia de Morán, personaje central quien perdiera a su esposa embarazada años atrás y vuelve a su plantación en Misiones, Argentina, después de una ausencia prolongada; se enamora de Magdalena, de tan sólo 17 años, con quien vive un amor intenso y marginal, el cual sobrevive en encuentros mínimos y clandestinos.
En el mismo continente, exige ya su lugar la novela póstuma de Guillermo Cabrera Infante, “La ninfa inconstante”, publicada en el 2008. Un fresco sobre La Habana vieja, la música de bolero, el cine clásico y la historia de un hombre de cuarenta años que deja a su esposa por el amor de una niña de 15, desubicada y caprichosa.
Más allá del cariz de ilegitimidad de éstas historias, de su presunción como “crímenes del amor”, el verdadero eje de este tipo de tramas se ubica en la pasión incontrolable –y, por ello, turbadora– que los esbozos más sutiles de lo femenino despiertan en el personaje enamorado, casi siempre el narrador del relato. Los hechos son frecuentemente evaluados bajo el tamiz de la distancia que da el tiempo, en un tono confesional, intimista.
Eliminando el sello de lo ilícito por el límite de edad, aún queda el tema de la pasión amorosa a pesar de una diferencia de edades, presente en relatos como “Madame Bovary”, de Gustave Flaubert, y “Carmen”, de Prosper Merimeé, y muchas otras novelas, cuentos y obras teatrales de diferentes épocas sobre amores no comunes.
“Edipo”, de Sófocles, ¿debería marcharse de los planteles escolares de Rusia: el rey que mató a su padre y se casó con su madre, con quien procreó a cuatro hijos?
No hay salidas fáciles para éstas polémicas; si la lista de libros que podría cercenar la tijera de la censura en las escuelas de Rusia crece, sería escandaloso, y si no, sería incomprensiblemente arbitraria por su brevedad. Las “pasiones pervertidas” están presentes en muchas más obras que las mencionadas por el sacerdote Chaplin.



