Las realidades de la reforma fiscal

Por: Juan Ignacio Durán
juan.duran1@gmail.com

El tema del momento es la reforma fiscal. La pregunta que nos hacemos es si es o no benéfica para la actividad económica del País. La respuesta es que todo depende del sector, formal o informal, en el que estés ubicado.

Para el 60% de los habitantes de este país, la reforma no afecta porque su actividad económica está en la informalidad. Un buen porcentaje de los bienes que compran para llevar a cabo su actividad económica son adquiridos en el mercado negro, es decir que fueron robados, por lo que nunca se ven afectados por los impuestos directos o indirectos.

Otro porcentaje de los habitantes de este país viven colgados de los servicios públicos. No pagan prediales, agua, luz, ni servicios médicos. Colonias enteras en todos los municipios del País están en esta situación. Tampoco se ven afectados los 14 millones de mexicanos pobres, por obvias razones.

¿A quiénes, entonces, afecta la reforma? A los eternos cautivos, a ese 40% de la población que gloriosamente ayuda a sacar a México adelante. Y les afecta porque siempre tienen expectativas positivas sobre las reformas y piensan que esta nueva reforma va a aminorar el peso fiscal que tienen que aguantar.

La verdad es que las cosas no funcionan así. Si eres empresario en este país, debes entender que, a raíz de las grandes distorsiones socioeconómicas que tenemos, como ese 60 % de informales, cualquier reforma que se plantee no va a resultar a favor de la minoría legal. Siempre pesará políticamente más el 60% de población informal.

El 60 % de informalidad tiene una correlación directa con la corrupción que existe en México. Si en el País existe un sector ubicado un 60% en la informalidad, es porque, de alguna forma, se le permite existir. Porque corrompe o chantajea. La corrupción puede hacerse mediante pagos en efectivo y el chantaje se da políticamente, en las urnas.

Otros elementos son la lucha de clases, auspiciada por las escuelas normales rurales que continúan formando a maestros adoctrinados en el pensamiento marxista-leninista, al tiempo que manejan grandes presupuestos a su discreción. Otro factor es la no incorporación de los indígenas del País a su nueva realidad.

Este conjunto genera en nuestra sociedad fuertes diferencias, que son manipuladas por los grupos de poder para beneficio propio. Son los eternos 14 millones de pobres e iletrados aquellos que benefician con su estado a los partidos políticos.

Por lo tanto, la reforma fiscal no es algo que se debe de discutir desde el punto de vista económico. Por ahí no va la solución. La reforma fiscal no debe plantearse desde la Secretaría de Hacienda, sino que debe salir de la Secretaría de Gobernación.

La reforma fiscal no es un problema de pesos y centavos, es un problema de votos. Es un problema político, social.

Mientras los partidos políticos quieran basar su popularidad en “ayudar” a quienes les ayudan manteniéndolos en la informalidad, el problema fiscal nunca va a resolverse.

Proseguirán las distorsiones socioeconómicas, prevalecerá la lucha de clases, seguirán protegidos los grupos de poder y nosotros continuaremos viendo una polarización en la concentración de riqueza.

La Secretaría de Hacienda ya sabe lo que tiene que hacer, ya sabe que comercios informales se pueden incorporar a la formalidad y tiene cuantificadas las compras que hacen los “changarros”. Conoce sus movimientos bancarios. Tiene una idea muy cercana de lo que deben pagar de impuestos.

Pero se topa con los partidos políticos y los grupos de poder, y es ahí donde todo se transforma en beneficio de unos cuantos.

México continuará siendo un país polarizado si no se logra consensuar estas diferencias. Continuaremos creciendo y podremos llegar a ser la quinta economía del mundo en unos 10 años. Pero los ciudadanos continuaremos sintiendo que estamos igual. Que no mejoramos económicamente y que seguimos viviendo los mismos problemas.

Por más dinero que se recaude y se ingrese por la venta de hidrocarburos, las diferencias permanecerán, debido a que áreas enteras del Gobierno no están funcionando. De acuerdo al último reporte de competitividad mundial, ocupamos el lugar 75 en el cuidado de los derechos de propiedad, el 105 en corrupción, el 85 en mal uso de los recursos públicos y, en costos generados por el crimen organizado, el lugar 115. Nada de esto ayuda.

Este país funciona así. Y quienes forman parte del sector formal deben de entenderlo. La formalidad cuesta y cuesta mucho. Pertenecen a una clase privilegiada que tiene como fin sostener al País y al 60 % de los informales.

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