EL VUELO DEL FÉNIX

La carrera política de Barack Obama parecía haber llegado a su fin de manera anticipada luego de la estrepitosa derrota de su partido en las elecciones de medio término, la primera semana de noviembre del año pasado. Todo apuntaba a que el rechazo manifiesto a través del voto popular sólo dejaba un camino para Obama, sortear de la mejor manera posible los futuros embates de un Congreso abiertamente adverso a sus políticas, y ese camino no sólo se veía cuesta arriba sino, además, plagado de obstáculos.

Pero, igual que la prodigiosa Ave Fénix, Obama ha resurgido de las cenizas. Eso no implica haber dejado los obstáculos atrás, pero sí que el presidente no está dispuesto a marcharse sin dar una buena pelea. Y buen peleador, ¡claramente lo es!

Pudimos apreciar durante la presentación de su informe sobre el estado de la nación a un político asertivo, pleno de confianza en sí mismo. Al mismo tiempo, vimos a un líder hábil y talentoso que llama a sus adversarios a la unidad en torno a los valores que el pueblo estadounidense considera más sagrados para asentar las bases de su país, por lo menos en las próximas dos décadas, a la vez que amenaza con actuar solo (y con mano firme) en caso de que los testarudos republicanos no escuchen su mensaje o no quieran colaborar con él.

Podemos cuestionar el alcance real de sus cifras en materia de mejora económica (sin duda existente) o de sus logros en materia de política exterior, dado el hecho de que todas las amenazas de las que él habló persisten. Podemos incluso debatir sobre el significado de sus políticas de corte populista, pero lo que difícilmente podríamos poner en tela de juicio es su destreza como orador, su lucidez como político y su popularidad como estadista. Las encuestas de los días inmediatos a su discurso del 20 de enero muestran que una clara mayoría del pueblo estadounidense se siente satisfecha con el rumbo del país y aprueba su liderazgo, cosa que, hace apenas dos meses, nadie hubiera podido anticipar y más aún si se comparan con las de su predecesor. Bien podría afirmarse que Obama va ahora en caballo de hacienda, como reza nuestro célebre refrán popular.

El balón ha quedado en la cancha de los republicanos, que son a partir de este momento los que tienen el camino cuesta arriba. De entrada, escogieron a una senadora inexperta y visiblemente nerviosa que, con un discurso insípido y confrontacional respondió al intenso mensaje de Obama e hizo lucir aún más el perfil de estadista del mandatario.

De mantener su actitud obstruccionista y negativa, los republicanos tendrán que cargar con toda la responsabilidad de la crítica que los simpatizantes de Obama ya estarán planeando desde ya, para justificar el estancamiento en los temas nodales de la agenda presidencial. En materia económica, que es, en definitiva, el rubro que mayormente interesa a la opinión pública, podría sobrevenir una recaída, un descenso en el número de empleos, nuevos ajustes al precio del petróleo y un sinfín de cosas que, relacionadas o no con la actitud de los republicanos, podrían ser cargadas en su cuenta.

Especialmente en materia de política exterior, el combate al terrorismo, tanto en su modalidad militarizada como en su recién actualizada versión cibernética, la negociación de un acuerdo nuclear con Irán, el trato con Rusia sobre la cuestión de Ucrania, la posible concertación con China sobre el cambio climático o temas de libre comercio, el levantamiento del embargo contra Cuba y, sobre todo, el asunto de la reforma migratoria con México, van a depender en gran medida de la habilidad que muestren el poder ejecutivo y el legislativo en Estados Unidos para pactar. Desde esa perspectiva, la contienda entre los poderes públicos de la Unión Americana claramente afecta al resto del mundo.

En este sentido, no es sólo la elección de presidencial de 2016 lo que se pone en juego sino, en gran medida, la proyección hegemónica de ese país sobre el sistema internacional en su conjunto.

La mayoría de los republicanos eligió desde 2008 tener una actitud confrontacional con Obama. Querían hacerlo presidente de un solo término, como Bush Sr. Uno de los pocos momentos en que ellos aplaudieron el discurso del presidente fue cuando él dijo que ya no tenía más campañas por las que luchar (el aplauso fue visto por muchos como señal de alivio), por lo que, con dignidad y elegancia, el mandatario les reviró: “lo sé porque gané las dos en que participé”. Fue turno de aplaudir para los demócratas. Nos esperan tiempos aciagos.

 

El David J. Sarquís Ramírez es profesor del Departamento de Relaciones Internacionales del Instituto Tecnológico de Monterrey, Campus Estado de México.

BCM, BCM 67, Especial, Finanzas, Negocios