CINOFOBIA

Cuando eres niño le temes a todo, a las tormentas eléctricas, a los payasos, a las abejas, al “viejo del costal”, a las vacunas… ¡ah! y a los perros.

Toda mi infancia la pasé con una fobia terrible al canis familiaris (es la forma pomposa de decir perro) porque, cuando era muy pequeño, paseando por la calle con mi abuela, recibí el susto de mi vida cuando tres perros bóxer se le escaparon al dueño y se abalanzaron sobre mí (probablemente sólo querían jugar, pero lo único que mi mente guardó por mucho tiempo fue el recuerdo de sus colmillos frente a mi cara y los fuertes ladridos al momento de tumbarme sobre la banqueta).

De ahí en adelante desarrollé cinofobia (otra palabra dominguera para decir “miedo a los perros”), que atormentó toda mi niñez. Por ejemplo, para ir a la tienda, rodeaba cuadras enteras parar evitar un perro o dejaba de visitar a mi mejor amigo si el fox terrier de su vecino estaba cerca. Pero lo peor sucedió un día en que iba camino a la primaria, acompañado de mis compañeros de quinto grado. Un pequeño maltés salió de improviso de un jardín, ladrándole a nuestro grupito y sólo yo corrí despavorido (craso error, al verme correr, el perro únicamente me siguió a mí).

El animal me correteó por varias cuadras y, al volver con mis amigos, humillado y aún moqueando por el llanto, esperaba que éstos se burlaran de mí, pero no fue así. La vergüenza fue mayor porque sólo se limitaron a verme con pena, sin hacer el más mínimo comentario. Si la tierra me hubiera tragado en ese momento, habría sido menos doloroso.

Por ese tiempo, también detestaba que me “endosaran” a mi hermanito como condición para dejarme salir. Si había algo peor que encontrarme un perro en la calle, era tener que salir con mi hermano a jugar con mis amigos. El “insufrible mocoso” era bastante torpe para correr, así que era pésimo en los juegos de destreza y, en el futbol, era el suicidio deportivo, porque cada vez que tocaba el balón le daba un ataque de risa que le impedía controlar la pelota. En resumen, nadie de mi edad quería jugar conmigo si me acompañaba mi hermano.

Cierto día, el auto de mi padre estaba en reparación y él me pidió que fuera al taller mecánico para preguntar si ya estaba listo (el negocio no tenía teléfono, pero estaba a unas calles de mi casa). La cereza del pastel fue que debía llevar conmigo al “insufrible mocoso” de mi hermano.

El taller era un local enorme y parecía desierto. Ambos nos detuvimos en el portón de entrada y yo saludé en voz alta: ¡Buenas tardes!

Todo sucedió en unos cuantos segundos. Una docena de perros de todos tamaños salió del fondo del taller y se lanzó contra nosotros. Instintivamente vino la necesidad de correr, pero entonces sentí sus brazos aferrándose a mi cintura. Mi hermanito estaba escondiéndose detrás de mi, usando mi cuerpo como parapeto. “¡Tengo miedo!”, me dijo llorando.

Los perros avanzaban furiosos porque invadíamos su territorio y estaba seguro de que en una fracción de segundo estarían sobre nosotros. Pero si yo corría, ¿qué pasaría con el “insufrible mocoso”? (¡Por Dios, él ni podía correr bien!)

Sólo cerré los ojos. Me quedé de pie cubriéndolo, esperando que los canes me atacaran a mí y no le hicieran daño a él. Las lágrimas me quemaban las mejillas y sólo esperaba la primera mordida, pero nada pasó. Abrí los ojos y la jauría seguía ahí, ladrando y mostrando los colmillos, pero a una distancia “prudente”. Ninguno se animaba a atacarnos, porque no habíamos corrido, ¡porque les estábamos haciendo frente! (En ese momento entendí que eso percibían ellos).

Al oír el ruido, el mecánico llegó y, al darse cuenta de la escena, apaciguó a sus guardianes. Ya fuera de peligro, con voz temblorosa, le pregunté sobre el auto de mi padre, pero la verdad ni recuerdo qué me contestó.

Ese día, mi hermanito, el “insufrible mocoso”, me dio una gran lección: que la única manera de acabar con el miedo es encararlo y que no hay un ser tan insignificante (o insufrible) del cual no puedas obtener una enseñanza.

BCM, cultura, Especial