Carta a un hijo recién nacido

Antes que nada, me da mucho gusto estar de vuelta, querido lector, y te ofrezco una sincera disculpa por mi ausencia en los dos números anteriores, pero aquí estamos empezando una nueva era, una era que quiero iniciar con una carta a mi hijo, quien marca esta nueva etapa en mi vida:

Querido hijo, son casi las 11 de la noche y voy llegando a casa tras un día arduo de trabajo. Vivimos en Monterrey, empieza la temporada de calor y, a esta hora, estamos a 30 grados. Hoy cumples ocho semanas de haber nacido; tu madre y yo nos vamos acoplando poco a poco a ti y a nuestro nuevo horario de vida. A veces, por las noches, nos turnamos para que ella o yo podamos dormir porque tus tiempos aún son muy diferentes de los nuestros. Desde que llegaste, hemos aprendido varias cosas, entre las que puedo destacar una nueva gramática hasta ahora desconocida, una técnica eficaz para hacerte repetir, el arte tan grande de cambiar un pañal, y ver con preocupación esos momentos cada vez menos frecuentes de silencio y tranquilidad.

Cuando crezcas, te contaré la historia de por qué naciste aquí si somos de lugares tan distintos y lejanos a esta gran ciudad. Te contaré qué tanto te esperábamos y tanto te hiciste del rogar para nacer, cómo tus abuelas se volvieron locas con tu llegada y la visita de tu única bisabuela el día de tu nacimiento. Te contaré qué alegría tan grande experimenté al verte por primera vez y lo atónito que quedé al saber que estabas tan perfecto, tan sano, tan tú.

Tendré que decirte que, cuando supe que eras niño, muchos meses antes de que nacieras, mis ojos se llenaron de lágrimas, pues no podía expresar de otro modo el gozo, la alegría y el miedo que experimenté. Muchas noches tu madre y yo platicábamos de ti, pensábamos en ti, te soñábamos y ahora que eres, simplemente no hay palabras para expresar esta felicidad.

Te hemos llamado Rodrigo, como yo, y aunque mucha gente dijera que de algún modo te iba a pasar la carga emocional y el karma que mi nombre conlleva, no nos importó. En algún momento de la vida, como mi primogénito, quiero que estés orgulloso de tu nombre, porque así sabré que lo estás de tu padre. Hay una historia que tendré que contarte cuando crezcas, de padre a hijo, para que aprendas de ella. Es una historia familiar de sangre y de cómo, a veces, los seres humanos a través de situaciones difíciles tenemos que aprender lo que desde el día que naciste, te he dicho, “La vida no es bonita, ni buena, ni justa, pero aun así vale la pena vivirla”.

Esta historia comienza hace poco más de 35 años, en un pueblo llamado San Miguel de Allende. Una pareja discute de tal forma que el hombre, poseído por el cáncer del egoísmo y la avaricia, no entiende razones y golpea a su mujer hasta dejarla inconsciente aun sabiendo que, en su vientre, ella tenía una nueva vida. Los meses que deberían ser primaveras se volvieron crudos inviernos con noches muy oscuras y, aun así, ella decidió pelear por su propia vida y la de su hijo. Dio a luz a un niño que nació con el cordón umbilical enredado alrededor del cuello (igual que tú) y el oírlo llorar fue la mejor cosa que escuchara en su vida.

Pese a tener ofertas para dar en adopción, vender o regalar a su hijo y evitar ser la burla y la carga de ser madre soltera, ella decidió quedárselo (ya sé lo que estás pensando, pero estoy seguro de que entenderás, sabrás y aceptarás que, a veces, la vida es más complicada por los prejuicios y juicios que los humanos hacemos de los demás y cómo, sin querer, herimos a los que más queremos). Esta mujer se retó a sí misma para sacar adelante a ese niño, fue desahuciada tres veces por distintos doctores y siempre encontró las fuerzas para seguir y no dejar solo a su hijo. Y ahora vuelve a luchar para ver crecer a su nieto.

Rodrigo, no te escribo esto para que odies o crezcas con dolor, te lo cuento simplemente para que lo aceptes como yo. Ese miedo que mencioné algunas líneas atrás es porque creo que mi madre, tu abuela, me ha dejado la vara muy alta y a veces siento que será imposible superarla. Pero, a tus casi dos meses, me he prometido, te he prometido, estar contigo hasta el último de mis días, cuidarte, protegerte y ayudarte porque a la fecha es la única forma en que pueda ser más que sólo tu padre. Me he hecho el compromiso, junto con tu madre, de querernos y respetarnos como hasta ahora, porque sé que tu llegada a nuestra familia es el mayor regalo que Dios nos dio y, al mismo tiempo, es una gran oportunidad para dar y recibir todo ese amor que anduvo suelto, vagando por algún lugar de este universo.

Rodrigo Levar

levarinc@gmail.com

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