La Tecnología y los Cambios

En medio de un cambio de época tan importante, y en ocasiones violento, como el que nos toca vivir, la educación se convierte en la más acabada defensa para entender, tomar y, también, rechazar los cambios. Bajo la bandera de “renovarse o morir”, o simplemente para no sentirnos excluidos de nuestro grupo social, hemos incorporado en nuestras vidas cualquier cantidad de accesorios tecnológicos que, bajo la premisa de hacernos la vida más sencilla, en realidad han enmascarado nuestra muy humana necesidad de satisfacer nuestro ego a través del consumo.

Resulta interesante que nuestra educación tecnológica, las más de las veces ínfima, se haya visto de pronto rebasada por una avasallante realidad tecnológica. Así como las matemáticas, la biología y la historia son necesarias para entender un poco mejor nuestro mundo y a nosotros mismos, la educación de lo que implica la intrusión de una tecnología en nuestro ambiente adquiere hoy una dimensión importantísima. Ello ha redundado, desafortunadamente, en que consideremos a la tecnología bajo el manto encantador fatalista, es decir, con la idea de que no podemos cambiarla y de que es moralmente, buena e indispensable

No se trata de satanizar a la tecnología, sino de entender que, como creación humana, es nuestro deber comprender cuáles son sus alcances, su filosofía y, sobre todo, los cambios que acarreará. Para tal efecto, recurro a uno de los intelectuales más incomprendidos del siglo 20, el menos académico de los académicos, el pensador más formal de los pensadores de a pie, me refiero al canadiense Marshall McLuhan.

Al escuchar ese nombre, quizá acudan a tu mente frases como “aldea global” o “el medio es el mensaje”, conceptos acuñados por McLuhan, pero que, justamente por ser tan llevados y traídos, han perdido parte de su significado, incluyendo, por supuesto, el porqué. La formación académica de McLuhan incluyó un muy fuerte peso hacia el área de literatura y, al haber estudiado en la Universidad de Cambridge, la obra de William Shakespeare fue profundamente significativa en el universo de referentes de aquel estudiante en los años 40 del siglo 20.

Lo interesante de esta formación es que le permitió a McLuhan entender en todo su sentido la importancia de una tecnología en una sociedad determinada, es decir, analizar “El Rey Lear” no por la tragedia que nos deja ver la imprudencia de un rey, las desorbitadas ambiciones de sus hijas y los desatinos de un consejero, sino la importancia que supone en la obra la existencia de los mapas para dividir un reino y descentralizar el poder.

Lo que la metodología de McLuhan deja ver y que, además, es susceptible de ser aplicado en cualquier época, es la manera en que un cambio tecnológico reconfigura a una sociedad por entero, pero sin que dicha sociedad se entere de ello. Pensemos, por ejemplo, en lo que sucedió cuando, como humanidad, inventamos la escritura: simplemente perdimos la memoria, esto es, ya no teníamos que preocuparnos por conservar nuestra historia de manera oral en nuestras mentes, sino escribirla y dejar que las generaciones siguientes la vivieran.

Una de las frases de McLuhan más reveladoras es la que puede encontrarse en, acaso, su obra principal “Comprender los medios de comunicación”: “Nosotros damos forma a nuestras herramientas para que luego nuestras herramientas nos den forma a nosotros”. Nuestras sociedades han cambiado de manera drástica con tecnologías como el teléfono celular, la tableta digital, el automóvil, etc., detener el cambio puede no ser posible en lo individual, pero sí lo es el hacer un análisis de lo que esa tecnología modificará en mi vida, en nuestras vidas, si decidimos incorporarla. Es cierto que una red social digital me hará ponerme en contacto con personas a distancias muy lejanas de las que hace años no sé, pero también lo es que mi vida adquiere una dimensión pública que antes no tenía, sin mencionar que tener cientos de amigos no me garantiza no estar en la más profunda soledad en la mesa de la cocina.

Alejandro Ocampo Almazán es profesor de departamento de Comunicación y Arte Digital del Instituto Tecnológico de Monterrey Campus Estado de México.

 

Alejandro Ocampo Almazán

aocampo@itesm.mx

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