Crecer por dentro: De aquí, de allá y de cualquier parte

Dedico este artículo a Rebeca Betancourt, compañera generosa de aficiones
y ficciones, que comparte su vida y su jardín.

Imagina que te invite a un banquete donde la cocina puede ser francesa, italiana, inglesa, brasileña, japonesa, española o mexicana. La combinación y la mezcla de platillos puede agradarte o no, pero lo importante es que disfrutes, pienses y sientas el placer de descubrir y conocer. Te comparto algunas ideas, como si fueran una comida de tres tiempos.

Primer tiempo: El octavo arte
Se habla de seis expresiones fundamentales del arte: pintura, escultura, música, literatura, arquitectura y teatro. Incluso muchos agregan un séptimo arte: el cine. Sin embargo, creo que existe otro que envuelve a todos los demás, y es aquel que nace de la necesidad de transmitir y de comunicar, aquel arte donde se expresa “el aquí estoy, esto soy, quiero llenarte de mí y quiero llenarme de ti”. En fin, es el arte de la entrega, de compartir el ser. Éste es el octavo arte, el arte de la conversación.

Segundo tiempo: Derechos vs. obligaciones
Vivimos en un mundo donde todos exigen primero los derechos y se ponen en segundo plano, casi siempre, las obligaciones. Creo que el orden debería ser al revés: si cumplo, luego, entonces, exijo.

El otro día, oí una propuesta original: alguien dijo: “Deberíamos hacer una convocatoria, enriquecida por el diálogo y los consensos, para construir y proponer una declaración universal de las obligaciones humanas”. Quiero colaborar con algunas acciones obligatorias, por ejemplo: compartir lo que aprendemos, hacer autocrítica para corregir y mejorar, aceptar la diversidad de pensamiento, cuidar el medio ambiente, respetar los señalamientos, pedir las cosas con “por favor”, usar la palabra “gracias”, asistir en lo posible a la persona que te pide ayuda, sonreír frecuentemente, ser puntual, hablar con propiedad y en forma constructiva, escuchar con atención, cuidar la salud, regar los árboles, besar cada día a un niño (o a quien se te antoje y se deje) y cultivar, aunque sea sólo una vez en tu vida, una flor.

Tercer tiempo: La virtud del ocio
Por qué negarle la virtud al ocio cuando puede ser el padre o la madre de las ideas y, en ocasiones, de ocurrencias geniales, un terreno fértil donde se gesta el pensamiento. Yo creo que el ocio es un “buen negocio” porque, además de que aprendemos a partir de la reflexión, aprehendemos las ideas como pastores a las ovejas, ésas que andan descarriadas y que eventualmente forman también la esencia de nuestro ser. Por ejemplo, no estaba haciendo nada y se me ocurrió esto: “¿Por qué, en vez de consumir reflexiones prefabricadas (modas o tendencias) e ideas de otros, no nos tomamos un poco más de tiempo en descubrir que somos únicos, y que el argumento de nuestra vida puede y debe ser realmente una historia divertida y original?”

Y de postre…
Me despido querido lector, si algunas de las diferentes cocinas del mundo han sido designadas patrimonio intangible de la humanidad, ¿por qué cada uno de nosotros no nos concientizamos también, como patrimonio, pero tangible, de la sociedad?

Afectuosamente, tu amigo.

Carlos A. Zertuche Zuani
carloszz54@hotmail.com

BCM, BCM 72, cultura, Especial