El futuro de la democracia

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Mauricio Doehner
mauricio.doehner@gmail.com

¿Está la democracia en riesgo?

En los últimos años hemos sido testigos de cómo los sistemas democráticos alrededor del mundo comienzan a mostrar señales de deterioro y, en algunos casos, incluso luchan por sobrevivir. El ejemplo más reciente es el resultado de los comicios en los Estados Unidos, donde Trump obtuvo la mayoría del voto electoral mientras que Clinton obtuvo la mayoría de los votos. Si bien este fenómeno ya se había presentado en las elecciones del año 2000 de Bush vs. Gore, la reciente elección se distinguió por campañas agresivas y negativas, lo que llevó a que, hoy día, la sociedad norteamericana se encuentre extremadamente polarizada. Esta polarización se muestra en manifestaciones en las calles y podría afectar la gobernabilidad de los Estados Unidos y crispar aún más el ambiente. El sistema democrático de los Estados Unidos, así como el de otros muchos países, se encuentra en decadencia.

¿Qué pasó?

A finales de los 80’s, los regímenes autoritarios de Europa del Este comenzaron a tambalearse. El fin de la Guerra Fría hizo ver que el sistema democrático prevalecía sobre el comunismo autoritario. De hecho, el número de democracias en el mundo pasó de 35 en 1970 a más de 120 en 2010. Es decir, cerca del 60 % de los países en el mundo cuentan con un sistema “democrático”.

Sin embargo, hoy vemos que este sistema democrático se agota en distintos países y comienza a dar pie a sistemas populistas de izquierda y de derecha. El enfado de la población por no ver solucionados sus problemas (crecimiento económico, empleos bien remunerados y buena calidad de vida), aunado a fenómenos como la corrupción que se ha generalizado en los gobiernos, la migración y el libre comercio que candidatos populistas como Trump han argumentado son la causa de menores empleos y peores salarios, producen un hartazgo hacia el estatus quo o el establishment y se buscan salidas distintas a los problemas. Salidas que, mucho me temo, serán salidas falsas.

Recuerdo haber preguntado a un reconocido politólogo: “¿Por qué se da este fenómeno? ¿No son conscientes los pueblos de que se trata de salidas falsas?” Su respuesta fue: “Los pueblos no aprenden en piel ajena”. Lo tienen que experimentar en carne propia para darse cuenta de que el populismo –de izquierda y de derecha− no solucionará los problemas y solamente agravará la situación.

¿Qué es la democracia?

La democracia en el sentido más simple es un gobierno para la gente, por la gente. La democracia supone tres cosas: 1) igualdad de oportunidades, 2) representación justa y 3) que los individuos en lo colectivo sean capaces de discernir qué es lo mejor para ellos.

Desafortunadamente, estos valores democráticos han sido ignorados y recientemente han generado problemas estructurales en los principios básicos de la democracia. Una clase media grande y sólida es esencial para que funcione la democracia. ¿Qué es la clase media? Aquélla que tiene oportunidades laborales y de educación similares y, por tanto, es capaz de salir adelante.

En lo que se refiere a igualdad de oportunidades, es evidente que aquéllos que tienen más recursos pueden “influir” de distintas maneras en tener mejores oportunidades (economía, justicia, etc.). Muestra de esto son las muchas firmas de cabildeo que se han formado para representar los intereses de grupos económicamente poderosos (como la Asociación Nacional del Rifle de los EE.UU.), “comprando” políticos, generando mejores oportunidades para ellos, aumentando la brecha en el ingreso entre ricos y pobres y mermando la clase media.

En 1970, el 1 % de las familias más ricas de los Estados Unidos representaba el 9 % del PIB. Para 2007, esta cantidad aumentó al 24 %. Hoy, las clases medias se encuentran luchando con salarios bajos y menos empleo. Hay tres factores que han distorsionado esta realidad: la entrada de la mujer al mercado laboral ha hecho que en muchos hogares existan dos ingresos, aunque peor remunerados; el crédito barato subsidiado permitió a personas tener acceso a consumo que de otra forma no hubiesen podido comprar, lo que culminó finalmente en la crisis financiera de vivienda de 2008; y la tecnología, que ha generado mejores oportunidades para los más ricos automatizando mecanismos de producción y prescindiendo así de empleos o bajando los salarios.

En cuanto a representación justa, la democracia supone que cada voto tiene el mismo valor. Sin embargo, conforme un espectro de la sociedad tiene mayor poder adquisitivo, se generan incentivos perversos para fomentar el voto en X o Y dirección, a costa de los más necesitados. Asimismo, mediante los medios de comunicación y, hoy, las redes sociales, son capaces de influir en el sentimiento y, por ende, en el voto de una clase media en deterioro.

Por último, el supuesto bajo el cual la sociedad es capaz de discernir lo que es mejor para ella en lo colectivo es una falacia debido a que el acceso a educación y conocimientos de la clase trabajadora es muy distinto al de los más pudientes. Winston Churchill señalaba que “el mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante promedio”.

¿Qué sigue?

Desafortunadamente, vemos cómo en distintos países se han instaurado gobiernos populistas de izquierda y de derecha que no darán solución a los problemas arriba mencionados y que, incluso, en mi opinión, los agravarán. Ahí está el caso de Venezuela, donde un líder carismático llega al poder para luego socavar las instituciones que lo llevaron al poder perpetuándose con un deterioro aún mayor de la clase media.

Esperemos que los países que han apostado por “el cambio” populista rectifiquen pronto su camino y que aquéllos que están en la antesala de una votación (como México en 2018) puedan entender que el populismo y la demagogia no son la solución. La única solución es el fortalecimiento de las instituciones y la generación de igualdad de oportunidades. Éste es el reto.

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